Métete en tus asuntos, déjame matar y morir
Métete en tus asuntos, déjame matar y morir
Si algo he aprendido de la pandemia es que no solo a las personas les vale un huevo la vida de otras personas, eso ya lo sabía desde mi adolescencia, sino que tampoco parece importarles mucho su propia vida ni la de su familia. No es solo la cacería despiadada del neoliberalismo salvaje sino que el mismo individuo carece de valor en sí mismo. El ciudadano ya no es tal sino un consumidor y el pecado es no consumir, no realizar su potencial a través del consumismo sin freno ni objetivo inmediato. En un mundo donde la ansiedad gobierna a las personas, no puede funcionar una cuarentena ni siquiera por dos semanas.
Es fácil juzgar a las masas de ignorantes, sucios, de faltarles oxígeno en el cerebro (típica respuesta de la derecha peruana ante su frustración por el voto universal en un país de gran mayoría indígena), de ser resultado del incesto (típica respuesta de la élite americana ante su desconexión con la clase blanca obrera) o muchas excusas más pero al final están actuando tal como estas élites le enseñaron desde la cuna. Cada hombre depende de sí mismo y solo responde ante sí. Movimientos colectivos como el sindicalismo son ingenuos en el mejor de los casos, en la practica son peligrosos porque dañan la economía, el dios pagano de nuestro tiempo. Pensar en el bien colectivo es de comunistas. Pensar en el bien ajeno es de cojudos. Excepto cuando se trata de la caridad, un sencillo de los amos del mundo que sirve para reducir impuestos. La generación criada por el Reaganismo para adelante aprendió bien su lección.
A nuestro país llegó el neoliberalismo tras la guerra contra sendero. Como país en sí, Perú no existió realmente hasta la reforma agraria. No es casualidad que el general Velasco sea el malo de la película en los libros de historia y reportajes televisivos. En 1990 todavía éramos una república joven, con una población brutalizada por la guerra interna y dejada a su suerte por el gobierno en el plano económico. Lo que el peruano tenía como tradición unificadora era la criollada. Nadie quería ser el cojudo que hace la cola. Todos querían ser Pepé el vivo que se saltea la cola. Pepé el vivo se enorgullece de hacer mal su trabajo y de llegar siempre tarde. Pepé el vivo siempre miente y busca aprovecharse de todos, incluso de sus amigos. El cojudo tiene la culpa por ser un cojudo. Después de todo, la vida es solo abusar de los demás o ser el abusado. Así lo entendieron los terroristas que llenaron el vacío de poder que dejaron los hacendados. En ese contexto llega el neoliberalismo al Perú. Una ideología que validaba todos los vicios del peruano y a su vez mataba todas las ideologías porque no se presenta como una ideología sino como sentido común y la única ruta sensata.
El individuo es abandonado por la sociedad al nacer. En el Perú, a la gran mayoría se le deshumaniza por políticos que nadie elige pero están ahí, eternamente anclados. Todos hablan del gran problema del Perú pero suele pasar por discursos eugenésicos, si no autoritarios (a las llamas y vicuñas no se les escucha). Los comuneros son llamados terroristas cuando bloquean carreteras pero solo así existen. Si nadie piensa en mí, ¿por qué debo pensar en otros? Si nadie piensa en mí, ¿realmente mi vida tiene valor? Más allá de gozar y producir capital para gozar más. La vida de un cerdo.
Confieso ser un cojudo y usar mi mascarilla. Tengo que salir a trabajar todos los días porque no puedo darme el lujo de guardar cuarentena. Reniego del neoliberalismo pero vivo bajo su dominio y sin importar cuanto me lamente, formó mi visión del mundo. Pero todos los días pasa atrás mío alguien sin mascarilla. Veo niños junto a sus padres, ninguno con mascarilla. Veo en los negocios letreros con normas que nacieron muertas. Nadie respeta la distancia. Me siento en mi escritorio y no tengo ganas de nada más. Pero tengo que producir capital. Hasta que algún vivo tosa detrás mío y me contagie.

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