Tira los libros

Tirar los libros



    De las muchas escenas que me impactaron de la inefable Throw Away Your Books, Rally in the Streets del maestro Shuji Terayama, la que caló más profundamente en mí fue una conversación fuera de foco entre dos personajes sin nombre. Uno de ellos era quien parecía ser un estudiante universitario tratando de explicarle la necesidad de la revolución a su desinteresada madre, ambos sentados en un restaurante de buena pinta.

    Recuerdo la vergüenza ajena y propia que me produjo. Propia porque yo mismo muchas veces estuve en la posición del estudiante, al carecer de habilidades sociales pero todavía desear salvar a una masa a la que despreció y por la cual me siento despreciado. Mis padres no me tuvieron paciencia, ni tampoco mi hermano, pero mi tía Meche fue la desafortunada víctima de mis peroratas trasnochadas sobre la necesidad de una revolución global para acabar con el neoliberalismo que depreda el planeta. Aprecio su infinita paciencia, todavía más considerando que sus ideas políticas son de extrema derecha.

    Así pues, pude jugar al revolucionario en la comodidad de la sala de mis tías. Consciente de que mis peroratas iban al olvido pero sentía un deseo de comunicarme, a pesar de haber nacido con una antipatía natural que evita a otros ponerme atención. No me parece que tenga nada especial que decir, sin embargo el ser humano busca la compañía ajena y por qué no admitirlo, hacerse notar en una sociedad que lo empuja a cumplir su potencial único a través del consumismo mientras al mismo tiempo lo considera demasiado insignificante como para hacer cambios sociales.



       La pandemia, como cualquier gran suceso histórico, causa distintas reacciones. En mi caso me ha profundizado mis dudas respecto a la razón humana hasta el punto que ya considero que los humanos no somos racionales sino usamos la razón para justificar nuestros impulsos. Ver a los medios abiertamente exigir sacrificios humanos en el nombre de la economía, como si de un ritual pagano sacado de la biblia se tratara, me causa escalofríos. Pero lo que más me asusta es la misma gente convenciéndose de que la enfermedad es una patraña, un invento de las transnacionales, de los medios, etc. También que se le puede pedir a las personas cuando dicen que los medios mienten (cierto), que las farmacéuticas se mueven con intereses propios (también cierto) y que el estado se alía con las transnacionales (hasta un niño lo sabe). La realidad ya es ficticia, ni siquiera una sociedad del espectáculo sino una sociedad de la meme.

    ¿Cuál es el valor de escribir en este contexto? Más aún, escribir un blog que es la forma más baja de literatura. Creo que el único valor es el placer mismo de la escritura. Si alguien se inspira para movilizarse o algo, bacán pero no creo poseer tal poder de convicción. Solo soy una voz más en una vorágine de voces huérfanas tras la caída del Muro de Berlín, aún llorando por el fin de las ideologías y el fin de la historia.
 

Comentarios

  1. Usamos la razón para justificar nuestros impulsos, pero no somos racionales. Buen punto! Menos aún si se quiebra el sentido de comunidad local a cambio del "amor" al capital, al yo.

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  2. Usamos la razón para justificar nuestros impulsos, pero no somos racionales. Buen punto! Menos aún si se quiebra el sentido de comunidad local a cambio del "amor" al capital, al yo.

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